La crónica del Casademont Zaragoza (74-85) Covirán Granada. Contra las cuerdas por méritos propios

El cuadro de Joan Plaza firma un último cuarto para el olvido, cae derrotado ante el colista y vuelve a meterse de lleno en problemas para lograr la permanencia a falta de cuatro jornadas
Casademont Zaragoza
Casademont Zaragoza
74 | 85
FINALIZADO
Covirán Granada
Covirán Granada
Marco Spissu se lamenta en una de las últimas acciones del partido. Fotografía: Esther Casas / Casademont Zaragoza.
Marco Spissu se lamenta en una de las últimas acciones del partido. Fotografía: Esther Casas / Casademont Zaragoza.

¿Y ahora qué? Era la oportunidad perfecta para espantar, de una vez por todas, esos fantasmas con forma de descenso que llevan meses sobrevolando el Príncipe Felipe. Pero el Casademont Zaragoza volvió a mirar al abismo. El conjunto de Joan Plaza cayó por 74-85 ante el colista, el Covirán Granada, y se mete de lleno otra vez en problemas tras quedarse anclado en las nueve victorias y sumar ya su 21ª derrota del curso, empatando con Burgos y Gran Canaria y solamente uno arriba más average del Andorra, en descenso, que juega el domingo ante Manresa y en caso de ganar se igualaría a triunfos. Todo ello, además, antes de afrontar un calendario que no entiende de treguas y posiblemente más exigente que el de sus perseguidores: Valencia (segundo clasificado), Manresa, UCAM Murcia (tercero) y Río Breogán esperan en el horizonte.

Porque el partido, en realidad, lo terminó regalando el propio Casademont Zaragoza que se hizo un harakiri en un último cuarto sencillamente catastrófico. Solo así se explica un parcial de 14-31 con el que el Granada saboreó su primera victoria a domicilio de toda la temporada -la sexta en total- y, de paso, se llevó también el average particular. Hasta entonces, durante los tres primeros cuartos, el duelo había transitado por un terreno de igualdad constante, incluso con momentos donde los de Plaza parecían tenerlo controlado tras alcanzar un +11 en el tercer periodo. Pero todo saltó por los aires. El equipo se descosió atrás, se le fue la luz en ataque y acabó firmando unos últimos diez minutos sin defensa, sin ideas y con una lectura del partido realmente pobre. Lo dicho, recen lo que sepan, porque vuelven las cuentas de la lechera.

En un inicio, ambos equipos se encargaron de demostrar por qué viven en las antípodas de la clasificación. El primer cuarto fue espeso, grisáceo y con los puntos cayendo a cuentagotas. Jaime Fernández fue de lo poco rescatable en el Casademont Zaragoza, anotando las dos primeras canastas rojillas a puro garbo, mientras que Valtonen y Bozic respondían para igualar la renta tras cuatro minutos de juego (4-4). Poco o nada pasaba entre dos equipos cuyos ataques tenían más curvas que una carretera comarcal, aunque el cuadro maño parecía encontrar algo de luz con las canastas de Joaquín Rodríguez y Yusta para abrir una pequeña brecha (9-4).

Sin embargo, el Granada reaccionó rápido. Un triple de Valtonen y, especialmente, las tempranas faltas de Yusta y Miguel (su recambio) dejaron al Casademont cojo en el puesto de alero -además de regalar libres al rival-, obligando a Joan Plaza a mover el banquillo antes de tiempo con la entrada de Koumadje y Washington (9-9). En los últimos compases, Robinson tiró de individualidad y encontró premio con un par de penetraciones de mérito, mientras que Bell-Haynes volvió a pisar, cuatro meses después, el parqué del Príncipe Felipe con un recibimiento a la altura. El cuarto, de todas formas, fue realmente pobre, con menos fluidez que un río en el desierto. Apenas se pudo rescatar una mínima ventaja rojilla con un pírrico 13-12. Eso sí, 6 créditos de valoración de los locales por 17 visitantes.

Tras el interludio, el Casademont Zaragoza regresó con algo más de filo. Tampoco fue cuestión de jugar a ritmo de jazz precisamente, pero al menos el equipo empezó a encontrar pequeños claros entre tanta maleza ofensiva. Wright-Foreman y Spissu dejaron un par de canastas que dieron algo de oxígeno a un ataque dirigido ya por el recién recuperado Trae Bell-Haynes, cuya sola presencia pareció darle otra velocidad al equipo. El problema fue que el Granada siguió agarrado al partido como una pegatina vieja. Alibegovic encontró puntos casi por inercia y Tomàs se encargó de embarrar todavía más un marcador que avanzó con dolor lumbar (20-18).

Y entonces, casi sin avisar, el Casademont halló una pequeña autopista. El equipo pudo correr, Robinson empezó a aparecer como un martillo pilón en transición y Joaquín Rodríguez puso ese punto de electricidad que tantas veces cambia el paisaje. Todo desembocó en un Dubljevic que, esta vez sí, logró aprovechar una ventaja cerca del aro para establecer un 30-21 que olía a momento importante del partido. Parecía que los de Plaza, poco a poco, empezaban a quitarle el polvo al encuentro.

Pero apareció Rousselle, que entró al partido como un petardo en una biblioteca. El base francés salió como quien abre las ventanas de golpe en una habitación cerrada: triple, asistencia, ritmo y un parcial relámpago que comprimió el marcador hasta el 30-27 en apenas un suspiro. Aun así, los rojillos encontraron algo a lo que agarrarse: carácter, rebote y orgullo competitivo. Porque aunque la claridad siguió sin aparecer y las concesiones atrás continuaron desesperando a Plaza, el dominio bajo los aros (especialmente ofensivo, solamente un rebote en ataque de los visitantes por hasta 14 locales) evitó males mayores. Dubljevic cazó varios rechaces importantes, y Wright-Foreman y Spissu pusieron monedas a la bandeja de la colecta para que el Casademont se marchara al descanso con un 40-35 que supo más a supervivencia que a control. 

Un tercer cuarto de idas y venidas

Tras el paso por vestuarios, el partido se convirtió en una montaña rusa emocional. Joaquín Rodríguez abrió el tercer acto con un 2+1 de pura rabia competitiva, pero el Granada respondió con un 6-0 que volvió a ponerle la soga al cuello a un Casademont incapaz de sostener una defensa mínimamente fiable (43-41). Sin embargo, cuando el caos aparece, Robinson suele sentirse como en casa. El americano volvió a monopolizar el ataque rojillo y, otra vez, le salió bien. Todo lo que tocó terminó cerca del aro o dentro de él. Penetraciones, contactos, puntos y hasta un 2+1 que, unido a un triple enorme de Spissu, permitió al Casademont abrir una brecha que parecía empezar a sonar seria (60-49). Más todavía viendo que el Granada ya estaba en bonus a falta de cinco minutos.

No obstante, este Casademont sigue teniendo la mala costumbre de no cerrar la puerta con llave. Porque mientras Robinson y un Joaquín excelso en ambos lados siguieron haciendo sangre -el uruguayo firmó 13 de valoración en este cuarto-, atrás continuaron las concesiones. Básicamente fue picar oro delante para perderlo atrás. Valtonen y Costa encontraron petróleo desde el triple y el Granada, lejos de caerse, volvió a agarrarse al partido como quien mete medio cuerpo antes de que cierren las puertas (56-49). Por si fuera poco, Alibegovic y Bozic pusieron la puntilla para un 60-54 que terminó dejando la misma sensación de toda la tarde: demasiado bonito para ser verdad.

Y se produjo la tragedia

Peor que mal le sentó el parón a un Casademont Zaragoza que directamente no compareció en el último cuarto. Así, de sopetón, sin anestesia, de cuajo y con prisas un parcial de 2-12 en apenas cuatro minutos cayó sobre el Príncipe Felipe. El equipo maño, que ya venía enseñando durante toda la noche esa fragilidad defensiva que tantas veces le ha condenado este curso, terminó por romperse justo cuando más falta hacía resistir (62-67). A partir de ahí, el Casademont nunca volvió a levantarse de verdad. Robinson encontró algo de oxígeno con un par de canastas para comprimir el marcador (64-67), pero el equipo siguió jugando atropellado, sin lectura y encajando puntos con la facilidad con la que se deshace un castillo de arena cuando sube la marea (68-74).

Lo más cruel es que el Granada tampoco transmitía precisamente seguridad. Cada canasta rojilla parecía hacer tambalearse a los nazaríes, como ocurrió con un nuevo zarpazo de Joaquín Rodríguez, pero el agujero ya era demasiado profundo. El reloj corría como arena entre los dedos y las cuentas dejaron de salir mucho con un 71-79 a falta de 50 segundos. Y no hubo milagro. No hubo reacción. No hubo ese último arreón de orgullo, porque el partido terminó muriendo con un durísimo 74-85 que deja varias heridas abiertas: la primera victoria del Granada a domicilio en todo el curso, el average perdido tras el +9 de la ida y, sobre todo, la sensación de ver a un Casademont Zaragoza completamente descosido, superado por el colista y contra las cuerdas justo antes de afrontar un calendario plagado de gigantes. Ahora sí: recen lo que sepan.