Por si fuera poco, el segundo partido ante Valencia fue un completo éxito. En Aragón TV, cadena regional que emitió el encuentro, la cita gozó de un 21,6 % de cuota de pantalla, con hasta 195.000 personas que visualizaron el duelo en algún momento para acabar ostentando 86.000 personas de media. Datos al alcance de muy pocos y que no hacen sino confirmar el fenómeno social que se ha vuelto este Casademont Zaragoza en tan solo 5 años desde que el equipo femenino de la ciudad pasó a formar parte de la estructura del club.
Desde entonces el club ha ido de menos a más, pasando del anonimato a la élite europea en muy poco tiempo. De hecho, poco mejor puede resumir el impacto del Casademont y la ciudad de Zaragoza en el baloncesto femenino que con los dos eventos que ha albergado la capital aragonesa en este curso 2024/25: la Copa de la Reina y la Final Six de la Euroliga, poniendo a la ciudad del cierzo en el mapa, tanto nacional como internacional. La respuesta, por supuesto, ha sido más que digna, con un ambiente que en muy pocos lugares de Europa, por no decir ninguno, se puede conseguir.
Además, con este segundo lugar liguero, las de Cantero jugarán la previa de la Euroliga el curso que viene, al igual que ocurrió a comienzos de este. Por ello, se prevén refuerzos veraniegos, como el ya apalabrado fichaje de la MVP de la Eurocup, Carla Leite, para volver a dar batalla en la máxima competición del Viejo Continente. Con todo ello, el Casademont Zaragoza se consolida como un modelo a seguir y un espejo en el que muchos clubs deberían mirarse.
No obstante, esto no ha sido cuestión de magia. No es ningún secreto que Carlos Cantero tiene un muy buen ojo a la hora de confeccionar plantillas. Y este curso no ha sido la excepción. Jugadoras como Helena Pueyo y Stephanie Mawuli han caído de pie en la casa rojilla, al igual que otras que llegaron más tarde para reforzar el juego interior, como Merritt Hempe, y el exterior, con jugadoras como Marie Mané, quien a pesar de no tener unas grandes estadísticas se nota, y mucho, en la pista cuando está en buena forma, siendo además una de las jugadoras más queridas por la afición. Mención aparte tiene la capitana Mariona Ortiz, que ha firmado un curso, como era de esperar, excepcional.
Asimismo, la temporada también ha dejado reencuentros. Algunos más amargos como el de Markeisha Gatling, que tras volver de su retiro tuvo que decir «hasta aquí» en febrero por su lesión de rodilla, siendo una pieza fundamental hasta entonces. Otros más dulces, como el de Helena Oma, quien, tras 458 días de baja a causa de una rotura de ligamento cruzado anterior y afección al menisco, volvió a jugar. Primero en pequeñas dosis hasta acabar realizando actuaciones a un muy buen nivel, como si nada hubiera pasado, aprovechando cada oportunidad con su economía de movimientos y su inteligencia posicional.
Con este subcampeonato, acaba una temporada rojilla que es difícil definir en palabras. Los números de asistencia (prácticamente siempre por encima de los 4.000 espectadores en el Felipe) y el cariño de la ciudad hablan por sí solos. El Casademont ha ganado muchas cosas este año. Todo menos un título. Y en una ciudad donde el baloncesto femenino era secundario hace solo cinco años, hoy el Casademont ha conquistado algo más que trofeos: ha conquistado corazones. Ese respeto, muchas veces, vale más que cualquier medalla que te puedas colgar en el cuello.