Duele, pero sanará

Helena Pueyo con cara de circunstancias ante el Galatasaray / FIBA.
Helena Pueyo con cara de circunstancias ante el Galatasaray / FIBA.

Van camino de cumplirse 24 horas de la que podría haber sido la mayor gesta en la historia de la sección femenina del club. Sigue doliendo, la herida continúa supurando, todavía no se ha cerrado. Pero se cerrará. Después de que este Casademont Zaragoza demostrara por activa y por pasiva que, si se lo propone, puede dividir en dos el infinito, ayer casi se roza el enésimo milagro. Pero no pudo ser. El Galatasaray se clasificó a las semifinales de la Euroliga tras vencer 56-63 en un partido en el que no demostró ser invencible. Ni mucho menos. Quizá un equipo más ordenado, con más cartera, que tenía mejor estudiado al Casademont, pero no imbatible.

Tal vez por eso duela tanto, porque se rozó con las yemas de los dedos el pase a una final de Europa, encima en casa. Además, de la forma en que se cayó, pues las de Cantero fueron mejores que las turcas en tres de los cuatro cuartos. El problema vino con el 24-4 en el primero. La gran mayoría de seguidores de la Marea Roja pensarían en ese momento sobre el obvio colapso ofensivo: ¿Por qué hoy? ¿Por qué ahora? ¿Qué hay que hacer? Y realmente, lo que tenía que hacer el Casademont Zaragoza era seguir echando euros a la tragaperras, porque no es que estuviera jugando mal, no es que no encontrara huecos u oportunidades para armar tiros de calidad, no es que hubiera una diferencia palpable de talento colectivo. Era simplemente que la pelotita no entraba en el aro. En el peor día posible.

Por eso, seguramente, con esta llaga abierta, hasta el agua pique. Porque las de Cantero llegaron incluso a ir 27 abajo, pero nunca se rindieron e intentaron tirar de épica en un partido que, en caso de haberlo ganado, habría adquirido tintes de epopeya mítica. Lo que hicieron fue espectacular. Es un poco cruel ver un dato: sin el primer cuarto el Galatasaray solamente habría sumado 39 puntos, mientras que el Casademont 52. Y es que ponerse a seis puntos tras llegar a ir casi una treintena abajo tiene mérito y no debería quedar en el olvido.

Pues este Casademont Zaragoza ha ganado otras cosas, a falta de poder hacerse con el bronce europeo mañana ante Girona. La primera, que ya no es un equipo que mira desde la ventana como el resto de equipos juegan en el jardín para mayores de la Euroliga. Ya puede mirar a los ojos a los Landes, Galatasaray, Venezia, Valencia, Girona y compañía, e incluso ser ellas mismas quien petrifican al rival. Por otro lado, una pasión de una ciudad para la que esta Final Six ha sido la gota que ha colmado el vaso. Uno iba por las calles camino al Príncipe Felipe y aquello era un festival del basket femenino. Camisetas, hinchables, conciertos... y sobre todo: ilusión en l@s más pequeñ@s, en esa próxima generación que, a fin de cuentas, decidirá el futuro de esta disciplina de la ciudad.

Ahora l@s niñ@s quieren ser Mariona Ortiz, Carla Leite, Helena Pueyo y sueñan con sentir algún día el apoyo que sienten sus heroínas. Ese quizás sea el trofeo más importante. Un galardón que no podrán levantar ni Fenerbahçe ni Galatasaray, porque la conexión entre ciudad, afición y equipo está a años luz de cualquier otra en Europa. Es la realidad y ejemplos hay de todos los colores: charters, llenos históricos, recibimientos a la altura de los Oscars... Por todo ello, la herida escuece, y tiene derecho a picar, pero acabará sanando. 9 de las 12 jugadoras actuales están renovadas y la Euroliga, quieran o no, con la nueva orden mundial del baloncesto y Project B dejará de tener muchos de los nombres que figuran hoy en día. El Casademont Zaragoza seguirá siendo el mismo y volverá a albergar otra Final Six el año que viene. También vienen los playoffs dentro de poco... Quizá esto no sea el final del sueño, sino solo un despertar a mitad de la noche. Y todavía quedan horas para volver a cerrar los ojos.