La crónica del Casademont Zaragoza (66-63) Spar Girona. Nunca un bronce supo tan bien
Nunca un bronce supo tan bien. Quizá haya que ir pensando en ponerles una calle, una estatua, una fuente. Algo. Porque estas mujeres siguen derribando techos de cristal y siguen poniendo el nombre de Zaragoza y Aragón en lo más alto del panorama. Y es que el Casademont Zaragoza terminó su curso europeo tras vencer por 66-63 al Spar Girona y congratularse oficialmente como el tercer mejor equipo de Europa tras saber sufrir en un partido en el que las de Iñiguez vendieron muy cara su piel. Nunca se despegaron del Casademont y, a pesar de las pequeñas brechas marcadas por las de Cantero, siempre volvieron a la carga, teniendo más vidas que un gato y complicando la cita hasta el último suspiro, en el que incluso pudieron forzar la prórroga tras tener hasta tres triples que no quisieron entrar para la alegría maña.
La Marea Roja apoyó de principio a fin a un Casademont Zaragoza que jugó más bien a ramalazos, sin acciones sostenidas en el tiempo, similar al propio Girona, pero que supo competir y llevarse la cita por detalles. Así, queda atrás el disgusto del pasado viernes ante Galatasaray en las semifinales y las de Cantero vuelven a demostrar, una vez más, que son el orgullo de la ciudad. Bien se encargó de recordárselo un Príncipe Felipe que estalló al final del duelo, consciente del esfuerzo y resiliencia de las suyas tras 19 partidos y siete meses de competición, siendo el primer equipo que comenzó y el último, con permiso de la final turca, en terminar la Euroliga. Lo dicho, hay que ir pensando en algún monumento a estas guerreras de la naranja y ya vamos tarde.
El duelo arrancó con ese pulso tenso de quien sabe que no hay red, de quien juega por algo más que un simple tercer puesto. En ese intercambio inicial, fue el Girona quien encontró primero el hilo del partido, apoyándose en el descaro de Jocyte y en la insistencia de Bibby para tomar una ligera ventaja (6-9). Sin embargo, aquello fue solo un primer espejismo en un duelo que se erigía con muchas capas. Y es que las de Cantero giraron el guion en cuestión de minutos con una Fingall que abrió la veda bajo el aro. Sin embargo, fue Leite quien incendió el Príncipe Felipe con dos latigazos consecutivos desde la periferia. Y cuando parecía suficiente, apareció de nuevo la propia Fingall para clavar otro más, como quien remacha una puerta, poniendo el 17-9, que obligaba al Girona a jugar sin aire. Mejor no podían empezar las de Cantero, pero el cuadro de Iñiguez no entiende de rendiciones. Qué va. Nunca lo ha hecho. Y menos tan pronto. Las visitantes encontraron en el tiro libre una vía de supervivencia y, sin brillo, sin ruido, pero con eficacia, fueron recortando poco a poco la distancia hasta cerrar el primer acto en un ajustado 17-15.
El segundo cuarto cambió el tono. Menos electricidad, más fricción. Más barro. Girona dio un paso al frente, decidido a convertir el partido en una batalla larga, incómoda, de esas que se ganan desde la paciencia. Holm y Pendande marcaron territorio cerca del aro, mientras que el Casademont trató de sostener el pulso sin terminar de encontrar continuidad. Había destellos -como la irrupción de Oma, siempre con ese punto de rebeldía y madurez que conecta con la grada- pero faltaba algo más. Faltaba encadenar, imponer, romper. Y en ese escenario, el partido empezó a volverse traicionero. Porque cuando no lo rompes, se iguala. Y cuando se iguala, cualquiera puede golpear.
El Casademont amagó con hacerlo de la mano de Hermosa, que dejó dos acciones de pura calidad para intentar abrir brecha, pero el Girona respondió con la frialdad de quien sabe jugar estos momentos. Los tiros libres primero, y después el talento de Bibby, devolvieron el equilibrio a un partido que ya olía a moneda al aire (30-30). El Príncipe Felipe, mientras tanto, hervía. Más por lo que veía que por lo que sentía, porque entendían que había dispariedad en los hasta 13/14 libres para Girona y los 0 para Casademont. Más allá de esto, el equipo entró pequeño apagón ofensivo tras dos minutos sin anotar que en este tipo de escenarios pesan como una losa. Hempe rompió el silencio con una de las suyas, pero cuando parecía que el equipo volvía a tomar aire, apareció Guerrero desde la periferia con hasta dos triples casi consecutivos (el primero tuvo perdón, el segundo no) que cayeron como jarros de agua fría y que permitieron al Girona marcharse por delante al descanso (34-36). El partido, lejos de definirse, acababa de empezar de verdad.
El Girona siempre vuelve
Tras el paso por vestuarios, el Casademont salió como un ciclón, sin mirar atrás, sin dudas, como si el descanso hubiera servido para cargar gasolina emocional. Un 8-0 de salida que no solo fue un parcial: fue una declaración de intenciones. Fingall corriendo la pista como si le fuera la vida en ello, Leite desatada firmando un 2+1 de puro carácter -similar al que le pitaron ante Galatasaray en contra- y una Hempe sin complejos, lanzando desde fuera como quien no tiene nada que perder. El 42-36 encendía al Príncipe Felipe y devolvía al equipo esa sensación de control que tanto había costado encontrar.
Pero este Girona es de esos que dicen "podéis huir, pero no esconderos". Jocyte y Bibby, con el cuchillo entre los dientes, devolvieron el golpe hasta igualar de nuevo el marcador (44-44), en un tira y afloja constante donde cada posesión parecía pesar el doble. Todo ello, además, con un contexto que empezaba a incomodar: el criterio arbitral, con una balanza claramente inclinada (6 faltas para Girona en 25 minutos y hasta 14 para las mañas), que no hacía más que añadir leña al fuego en un partido ya de por sí caliente.
Y en ese escenario, sin red, emergió el carácter. El de Carla Leite, para ser exactos. La gala decidió que aquello no se iba a escapar y se fabricó dos canastas de puro nervio: primero robando el balón como quien intuye el peligro antes de que ocurra, y después volando en transición junto a Vorackova en un tuya-mía de manual. El Casademont volvía a respirar (50-44), volvía a tomar aire en medio de la batalla. El Girona volvió a la carga por enésima vez con Holm y su velocidad, pero este Casademont, ya con el mono de trabajo puesto, encontró en Hempe su refugio, cerrando el tercer asalto con un 57-48 que sabía a algo más que ventaja: sabía a convicción.
Diez minutos de infarto
Pero diez minutos en el baloncesto son muy muy largos. En el último cuarto, el choque alcanzó una intensidad mayúscula. Pendande y Holm golpearon de inicio, mientras que el Casademont empezó a notar cómo el partido se le hacía bola, como si se fuera hundiendo poco a poco en esa arena movediza gerundense. La propia Bibby, con un 2+1, comprimía todo hasta un +4 que ya empezaba a ser un castigo (59-55). Pero entonces apareció ella. La de siempre. La inconformista. La que ha nacido para este tipo de noches. Carla Leite sacó su gnaque con un 2+1 de tal magnitud que provocó la protesta de Quevedo y terminó sumando cuatro puntos en una misma acción que, a esas alturas, valían oro puro (63-55 a falta de cinco minutos). Parecía luz en mitad de la noche.
Sin embargo, el Girona tiene más vidas que un gato -y en eso se parece mucho al Casademont- y no se va nunca. Y menos en un escenario así. Coulibaly firmó un 2+1 de mérito y, en ese momento, el equipo aragonés volvió a entrar en una fase errática, que las de Íñiguez supieron leer. Bibby, con un triple tan elegante como doloroso, apretó el marcador hasta un 65-63 a falta de un minuto y, en otro déjà vú, las de Iñiguez volvieron a dejar todo en el aire. Leite sumó desde el tiro libre (66-63) y el partido se llenó de pausas, de miradas, de pizarras apretadas en tiempos muertos. Y llegó la reanudación a falta de 20 segundos. El Girona tuvo hasta tres triples para empatar la cita y optar al bronce… pero el balón no quiso entrar hasta llegar al 0:00. Y entonces, sí. Estalló todo.
Fingall y Leite rompieron a llorar sobre el parqué del Príncipe Felipe. No era para menos. El Casademont Zaragoza acababa de conquistar su primera medalla en Euroliga. Una recompensa a días y días de trabajo, de viajes, de dormir mal, de golpes y de levantar la cabeza. La Marea Roja respondió como siempre: en pie, agradeciendo no solo el partido, sino un camino de 19 encuentros y siete meses que ya es historia del club. "¡Zaragoza, Zaragoza!" resonaba como un mantra. Porque este equipo fue el primero en empezar… y el último en irse. Y eso, en Europa, también se recuerda. El año que viene, más. Y seguramente, mejor.

