La redención de Marco Spissu: cuando el final reescribe todo el camino

El base italiano deja el cuadro maño tras un curso en el que fue de menos a más y acabó marcando el destino rojillo desde Lugo, tras una temporada difícil en la que tuvo que tirar de veteranía y saber reinventarse
Marco Spissu, junto García de Vitoria, sacando todo lo que llevaba dentro tras anotar el triple en Lugo. Fotografía: ACB.
Marco Spissu, junto García de Vitoria, sacando todo lo que llevaba dentro tras anotar el triple en Lugo. Fotografía: ACB.

Hay temporadas que se explican mejor con una imagen que con una tabla estadística. Un balón en el aire, un reloj muriendo y una ciudad entera conteniendo la respiración. Hay cursos que se entienden mejor como un viaje: con niebla al principio, barro en el camino y una última curva capaz de cambiarlo todo. La de Marco Spissu en el Casademont Zaragoza fue exactamente eso. Una de esas narraciones que empiezan en voz baja, se complican en mitad del camino y acaban con un héroe inesperado levantando el brazo en el último segundo.

El club anunció este lunes que el base italiano no continuará vestido de rojillo. La noticia cerró una etapa, pero no apagó su eco. Porque Spissu se marcha después de una campaña extraña, irregular y por momentos ingrata, en la que, sin embargo, también deja una imagen que ya pertenece a la memoria emocional del club: su triple sobre la bocina en Lugo, el disparo que dio la permanencia al Casademont en el último suspiro. La canasta que anotaron todos y cada uno de los 700.000 habitantes zaragozanos.

Su temporada merece un análisis, qué menos, porque el italiano degustó todos los sabores posibles. Haciendo un repaso cronológico, tras un verano sin apenas descanso, convocado con Italia para el EuroBasket, Spissu arrancó su segundo curso en Zaragoza sin hacer ruido. Demasiado poco ruido, quizá. En las primeras jornadas ante Baskonia, Joventut y Falco KC no pudo pasar de los cinco puntos. Poco después, cerró octubre sin anotar ante Breogán en 13 minutos (nada que ver con la vuelta) y con solo cuatro tantos ante San Pablo Burgos, pese al vital triunfo rojillo por 89-102. El italiano parecía jugar con el cuerpo en la pista y la brújula en otro lugar. No encontraba ritmo, aunque tampoco el equipo ayudaba, pues el Casademont vivía atrapado en un baloncesto áspero, sin continuidad, con una defensa blanda y un ataque demasiadas veces reducido a esperar la inspiración individual.

La FIBA Europe Cup como refugio

Con todo ello, noviembre trajo una pequeña mejora, especialmente en la FIBA Europe Cup. Spissu firmó buenos encuentros ante Falco KC (13 puntos y 2 asistencias) y Bakken Bears (17 tantos, 7 rebotes y 11 asistencias), con más puntos, más dirección y una sensación distinta. En Liga Endesa, sin embargo, seguía sin terminar de encajar con Jesús Ramírez. Su refugio fue Europa. Allí apareció de nuevo ante Peristeri, con 15 puntos, y dejó señales de que todavía quedaba un base por descubrir bajo aquella capa de dudas.  Así terminó 2025, con Spissu buscando una llave que no encontraba y con el Casademont buscando también su propia identidad.

El año 2026 empezó con cero puntos ante el Barça. Nadie podía imaginar entonces que aquella temporada gris terminaría con una escena digna de cine. No llegó de golpe. No hubo milagro inmediato, aunque sí una evolución lenta, casi silenciosa. De esta forma, Spissu fue de menos a más. Quizá no siempre en números, aunque anotó 9 y 11 puntos ante Lleida y Gran Canaria en duelos trascendentales. Sin embargo, su crecimiento se notó más en el juego, en las sensaciones, en la dirección. Básicamente, empezó a poner orden donde antes había ruido y anarquía.

Para mayor inri, la lesión de Bell-Haynes en enero también cambió el mapa. Las llegadas exteriores, con un perfil más individualista, obligaron al italiano a asumir con creces su principal virtud: el mando y la jerarquía trufada con guarismos considerables. Así, en la segunda fase europea, pese a la prematura eliminación maña, dejó señales de mejora: 10 puntos y 7 asistencias ante Peristeri; 8 tantos y 7 pases de canasta ante Petkimspor.

Marzo, abril y una versión reconocible

En marzo brilló ante Andorra en un duelo trascendental en el que acabó con 14 puntos y 3 asistencias y mejores sensaciones pese a que el Casademont cayera por 113-111. También fue importante ante San Pablo Burgos, con 7 puntos y 7 asistencias en una victoria vital por 108-98. Es cierto que tuvo días peores, como Baskonia o Barça, pero algo había cambiado. Más allá de la estadística, Spissu dirigía mejor, encontraba espacios y daba sentido al ataque. Abril sirvió para sanar mentalmente. Para reconocerse y para que el equipo, poco a poco, volviera a mirarse al espejo sin apartar la vista. Con 18 puntos y 5 asistencias ante Lleida, y 9 y 5 frente a Gran Canaria, el base entró en mayo con otra energía. Él no lo sabía, pero estaba a punto de vivir el mes que cambiaría su recuerdo en Zaragoza y en su vida deportiva.

Gonzalo García de Vitoria le entregó las llaves del puesto de base. Y Spissu respondió. Su mayo fue un soplo de aire fresco en medio de una clasificación que asfixiaba. Llegó al duelo definitivo ante Breogán en plena forma: 14 puntos y 8 asistencias ante Girona, 10 y 15 frente a Granada, 16 y 3 contra Manresa, 11 y 2 ante Murcia. En su caso, el problema era lo colectivo, pues el Casademont llegó a la última jornada en puestos virtuales de descenso. Debía ganar en Lugo y esperar que Andorra y Gran Canaria no vencieran a la vez a Barça y Valencia. Era el Día D. La Hora H. El borde del precipicio.

El triple de toda Zaragoza

Y entonces apareció Spissu. Ante Breogán firmó el mejor partido de su carrera, al menos en unidades valorativas: 20 puntos, 9 asistencias, 3 rebotes y 30 créditos. Lo hizo en el escenario más exigente, cuando no había margen. Cuando cada posesión pesaba como una piedra y cuando el cuadro maño estuvo a punto de lanzar por la borda todo el curso. Breogán ganaba 91-85 a falta de un minuto. También mandaba 94-91 a falta de cuatro segundos. El resto ya es historia rojilla. Spissu recibió de Trae, lanzó y convirtió. Triple sobre la bocina. 94-95. Permanencia, sonrisas y lágrimas. Ris Ras.

El italiano, que durante meses pareció caminar por el fondo de las Fosas Marianas, tocó el Everest en el último segundo. Fue sacado a hombros en el Pazo dos Deportes, como si el baloncesto también entendiera de faenas eternas. Ese fue su último segundo con la camiseta del Casademont Zaragoza. Su último recuerdo. Nada mal.

De esta forma, Marco Spissu deja una temporada que no fue perfecta, pero sí profundamente humana. Una campaña de dudas, caída, paciencia y redención. También un curso en el que supo tragar saliva y tirar de veteranía. Así, Marco no se marcha como llegó al tramo final, sino que se va convertido en símbolo de supervivencia y de leyenda en Zaragoza. Quizá su curso no pueda resumirse en una línea estadística. Quizá tampoco en una valoración media. Pero sí en una imagen: un balón volando en Lugo, el reloj muriendo y una afición conteniendo el aliento.