(1) Diario del Mundial 2026: México y Corea vencen en el estreno de la gran fiesta del fútbol
La primera vez que escribí de fútbol, escribí de los Mundiales. El Real Zaragoza, que llegó antes que nada, llegó más tarde en eso. Conté el Mundial de Alemania. Lo hice de forma desordenada, en un blog que creó Mariano Gistaín para la cita. Texto casi diario se llamaba el suyo. Les libraré del nombre que yo usé para el mío por si aún siguiera vivo.
Durante la semana pensé que podría hacer dos homenajes en el mismo. Escribiría del Mundial que empezó ayer, en Estados Unidos, México y Canadá. Lo haría con una disciplina marcial, comprometida y constante, casi como un desafío a mí mismo. Y lo escribiría mí manera, porque nunca nadie escribió como Mariano.
Recuerdos de un Mundial
Mi infancia son recuerdos de un Mundial. Mi padre guardaba una cinta completa con los partidos más importantes del Mundial 86 y vi al genio en su obra cumbre. Cuando Maradona dejó en el camino a tanto inglés, en el gol de todos los tiempos, muchos soñamos dos veces. Quisimos marcarlo como Diego. O contarlo como Víctor Hugo Morales.
El Mundial es un fenómeno en nuestras vidas. Sirve para separar nuestros recuerdos, para ordenar nuestra memoria. Es nuestro ciclo olímpico particular. Recordamos a la chica que nos dejó en el Mundial de Brasil y a la que nos prometió amor eterno en Sudáfrica. El trabajo que aceptamos en Rusia y la mudanza que se nos ocurrió hacer en el Mundial de Qatar. Mientras nuestra vida cambia, se complica y se libera, todo vuelve al origen cada cuatro años. Nos encontramos frente al televisor, repasando la carrera del lateral suplente de Sudáfrica.
Cuando le comenté a mi novia que iba a escribir de la Copa del Mundo, busqué una coartada. “Me han pedido que escriba del Mundial”, mentí. Ella, que siempre ha sido comprensiva con mi enfermedad, repitió una frase que le gusta: “Cariño, mi tele ya era verde”.
México reconquista el Estadio Azteca
En los días previos al inicio de la competición, escuché de forma compulsiva una canción de AndresCalamaro: Estadio Azteca. Y ahí estuve, 40 años después de Maradona, observando el triunfo de la anfitriona ante Sudáfrica. Nada me impresionó tanto como la magnitud del estadio. Me imaginé en cada jugada al 10 iniciando una carrera de obstáculos, su viaje hacia la gloria.
Cuando pude concentrarme en el duelo descubrí en México a una selección brava y aguerrida, identitaria. Julián Quiñones fue uno de esos héroes que cobran un sentido total en los Mundiales. Fue el principio de todas las cosas, el autor del gol inaugural. Para completar sus frases estuvo también Raúl Jiménez, un delantero clásico con una cinta moderna en la cabeza.
Ganó la anfitriona, en un partido emocional, bajo de nivel, marcado por las expulsiones. En el duelo pudimos ver una imagen surrealista: la voz del árbitro, temblorosa y débil, conectada a la megafonía del estadio. No le culpo. Supongo que todos nos sentiríamos minúsculos ante la grandeza del Azteca. "Le aplastó ver al gigante”.
Corea remonta en la jornada inaugural
La primera madrugada nos dejó un partido bonito y vibrante. Corea del Sur jugó de forma abierta y sin complejos, con un fútbol lleno de buenas intenciones. La República Checa respondió a balón parado, en un saque de banda que pensó en su armería. “Catapulta”, dijo el narrador sobre la marcha.
Ante ese gol inicial de Krejci, Corea recurrió al fútbol y a una partitura atractiva. Había generado media docena de ocasiones, a través de Kang in Lee, que lideró a un pelotón de buenos futbolistas. Falló en el cierre muchas veces y tuvimos la tentación de pensar que ganarían los malos. Nos equivocamos. Ganó el fútbol y la estética.
Hwang In-Beom peinó el balón en su regate y dejó una vaselina suave, plástica, para empatar. Todos miramos asombrados el camino que dibujó el balón hacia la red, como si levitara por su cuenta. Hay goles y momentos que se viven en cámara lenta.
El fútbol pareció un lugar más justo cuando Corea logró la remontada en el minuto 80. Cuando alcanzamos las seis de la mañana, tuvimos que silenciar nuestra propia celebración, en un ejercicio de contención que debe ser malísimo para la salud. Pensé entonces que había acertado con mi elección y agradecí el lugar asignado en port-mundial-4.
Hoy vuelvo al origen y me comprometo a escribir del Mundial, en un texto casi diario. Les prometo que lo haré mucho peor de lo que lo hubiera hecho Mariano Gistaín. Y les garantizo que mi televisión seguirá siendo verde los próximos 39 días y 104 partidos.