Alberto Zapater, la leyenda del Real Zaragoza, le dice adiós al fútbol con un título en Canadá
Alberto Zapater terminó su camino en el fútbol con el segundo título de su carrera. Lo alcanzó entre la nieve, en la final de la Canadian Premier League. Y cerró de forma circular una bonita historia, que empezó con una Supercopa en el equipo de su vida: el Real Zaragoza. Y que acabó en Canadá, en el partido más canadiense que nunca llegó a jugar.
Zapater participó diez minutos en su última función. El duelo llegó a la prórroga y su salida sirvió para abrochar la ventaja, para festejar el título sobre el césped. Había algo más importante que el título que el Atlético Ottawa logró ganar. Era un tributo a una leyenda, a un futbolista tan nuestro como universal. Zapater, que siempre defendió que en la carrera de un jugador había más derrotas que victorias, encontró un trofeo para acabar.
Alberto Zapater, la historia de un mito
Hay muchos símbolos en la historia de Alberto Zapater, que desarrolló 21 temporadas en el fútbol profesional. Las mismas que el que siempre fue su dorsal. Internacional en las categorías inferiores, desde Ejea proyectó el sueño de jugar en el equipo de su vida. Subió los peldaños de la cantera hasta viajar a Suiza en su primera pretemporada. Víctor Muñoz se vio reflejado en las condiciones de aquel juvenil, que ofrecía despliegue, derroche y puro corazón.
Xavi Aguado alertó al técnico de las condiciones de Zapater. Y actuó como mediador para que le incluyeran a última hora en aquella lista. Un día antes no supo que ponerse: “¿Voy en chándal o cómo voy?”, preguntó Zapa cuando su vida empezaba a cambiar. En aquel stage convenció a Víctor Muñoz, que le hizo debutar en la Supercopa de España. Aquel fue el último título que el Zaragoza registró en sus vitrinas.
Desde su aparición en el equipo, Zapater fue titular y un jugador esencial. Batallador, obrero, líder, capaz de abarcar terreno, de regar el campo de esfuerzo. Capitán en todos los sentidos del término. Vivió los años de opulencia e intuyó el principio del fin. Viajó por Europa y se fue a la fuerza, con lágrimas en los ojos. Y volvió a Zaragoza cuando sus rodillas habían dejado de funcionar. Regresó porque nunca se había ido. Volvió cuando tuvo la oportunidad.
Siempre Real Zaragoza
En Zaragoza recuperó la regularidad y se convirtió en el portavoz de todos los intentos. Se quedó siempre a las puertas, con dos años en los que la suerte negó la existencia de los sueños. Pero Zapater siguió peleando contra la lógica y le ganó la carrera al tiempo.
La propiedad señaló su final y él se marchó sin reproches, con palabras de gratitud y la mejor fiesta de despedida que nunca se haya visto: “Me enseñaron a ser agradecido y siempre me he sentido un elegido”, dijo en la sala de prensa. “Lo que se vive aquí no se vive en ningún sitio”, resumió desde el césped. Después cantó el himno desde el centro del campo. Nunca nadie desafinó tan bien.
En Canadá vivió una experiencia internacional, que enriqueció a su familia y que le permitió mirar al fútbol sin el mismo grado de estrés. Aún así nunca dejó de sufrir al equipo de su vida. Herido por la marcha del club, siguió llevando el brazalete aunque viviera muy lejos de Zaragoza. Hoy termina 21 años de fútbol y le pone fin a una carrera inolvidable, que descubre un último título que no estaba entre sus cuentas.
Zapater representó la defensa de la tierra, el amor incondicional a unos colores. El valor del oficio, el poder del trabajo. Hoy acaba su viaje en el fútbol y no tardará en regresar a Ejea y al club de su vida. Y, como también es muy aragonés eso de irse muchas veces, esta vez se va del todo, en busca de nuevas aventuras. Queda su figura. La historia se hizo leyenda y la leyenda, mito.
En estos días parece inevitable regresar a mayo de 2023, al adiós que le dedicó La Romareda. Su despedida sirvió para reconciliar al zaragocismo, para convocar una atmósfera única. Todo ha ido a peor desde su marcha. El Zaragoza es menos Zaragoza desde que se fue. Zapater, sin embargo, nunca dejó de ser el Zaragoza.

